Hace 1 día
Blandió el acero de forma amenazante. El escudo había caído al suelo en uno de los lances, así que aferró la empuñadura con ambas manos. Con rabia y miedo.
¿Honor? No luchaba por honor sino por conservar la vida que había jurado proteger, era algo más que simple honor. Sí, quizás en otro tiempo, en su juventud, habría dicho alguna frase grandilocuente, de igual forma que su espada tendría mejor lustre que el de aquel viejo acero mellado que temblaba ahora en sus callosas manos.
¿Honor? No luchaba por honor sino por conservar la vida que había jurado proteger, era algo más que simple honor. Sí, quizás en otro tiempo, en su juventud, habría dicho alguna frase grandilocuente, de igual forma que su espada tendría mejor lustre que el de aquel viejo acero mellado que temblaba ahora en sus callosas manos.
El anciano retrocedió con cautela, dejando el cadáver de Jhon entre él y ellos. De alguna forma el plan original había salido mal. Era sencillo: un mozo imberbe lanzando improperios al percherón tozudo que apenas tenía fuerzas para salir del embarrado camino, y una pareja de viejos dormitando en una destartalada carreta llena de bultos.
El crío había caído degollado fácilmente cuando Jhon, sujetando las riendas del carro había saltado al pescante.
Sin embargo ahora el fanfarrón y arrogante Jhon, yacía en un charco de sangre. De alguna forma el viejo había sacado una espada de alguna parte y le había atravesado en un abrir y cerrar de ojos. Seguidamente había bajado del carro, con la dificultad propia de un hombre de edad y ahora retaba al siguiente que quisiese acercarse.
William, que así se llamaba el anciano espadachín, era consciente de que tras la sorpresa inicial, la diferencia seguía siendo superior, de tres a uno. En otro tiempo y en otro lugar esta situación no habría supuesto reto alguno para él, maestro de armas de la soldadesca del Barón Stephen de Brus, pero ahora, cansado y achacoso, sus movimientos no eran tan rápidos como años atrás, sus ojos no conseguían enfocar bien y sus piernas crujían bajo el peso de los años.
Los bandidos aguardaban expectantes a que diera el primer paso, no cometerían el error de Jhon, pues sin duda era más fácil esperar a que el viejo avanzase y tropezase. El viejo Will sabía esto, sabía que dependía de él atacar y que todo se decidiría en cuestión de segundos, así que enfocó su mirada en sus contrincantes y observó la guardia baja del bandido central, la distancia que lo separaba del de su izquierda y el nerviosismo del jovenzuelo de la derecha, su primera lucha, sin duda.
Las manos comenzaron a quejarse. Will apretaba la empuñadura con la fuerza que da la rabia y el miedo por fallar a quien quería proteger, como si, pensó irónicamente, se le fuese la vida en ello. Supo que pasos tenía que dar y enfocó su mirada en su primer objetivo. Si conseguía dar el primer golpe quizás tendría alguna posibilidad.
Avanzó.
En otro tiempo, de su boca habría salido un grito de batalla, ahora tan sólo el rugido gutural de un lobo protegiendo su territorio hizo retroceder al joven nervioso. Avanzó con decisión. El acero mellado trazó un arco desde el suelo hacia el cielo, y en el proceso, la espada enemiga salió despedida por el aire mientras, girando, el acero descendía por el lado contrario hasta caer sin piedad sobre el cuello desprevenido del bandido central.
William giró a tiempo para evitar al malhechor de la izquierda, que aun así consiguió arañar su costado. Volvió a retroceder mientras el jovenzuelo se unía a la refriega atacando por el flanco. El acero chispeó a la derecha y las botas desgastadas de Will impactaron en la pantorrilla del de la izquierda. La herida del costado le dolía horrores y el muchacho también consiguió arañar su hombro, su respiración se entrecortaba, le faltaba el aire y sus piernas amenazaban con no resistir al siguiente lance, así que supo que debía terminar cuanto antes. Volvió a rugir y se lanzó, de costado, contra el muchacho, impactando con el hombro herido en su cara y girando con el otro brazo para alcanzarle con el frío acero por la espalda y, al mismo tiempo, empujó el cuerpo, ya muerto hacia delante para interponerlo entre él y el último de los bandidos.
Will, tropezó al efectuar el movimiento y mientras caía, apenas notó el pinchazo que le atravesaba el costado, pero si vio la sonrisa triunfal de tercer atacante. Su desmadejado y anciano cuerpo dio contra el suelo, las costillas crujieron y el acero rebotó contra el suelo, lejos de su alcance. No había muerto aun, pues la espada no le había atravesado ningún órgano vital, pero si era consciente de que moriría desangrado y su espalda estaba irremediablemente rota.
El bandido, cual verdugo, se acercó para rematar la faena con una fiera sonrisa, mas, tras él, el grito de miedo de la única persona a quien había jurado proteger le dio renovadas y últimas fuerzas. La mano izquierda aferró la espada del muchacho. Se sorprendió al ser capaz, en una situación como aquella, de examinar a ciegas la espada y notar que se trataba de un buen filo, seguramente robado del cadáver aun caliente de algún noble Señor. Sin más, y poniendo sus últimas fuerzas en ello, levantó la espada cruzando el estómago de su rival de un lado a otro y salpicando su rostro de sangre.

Moriría desangrado y entre gritos de dolor, pero William el espadachín ya no los escuchaba. Había cumplido su misión y podía morir en paz. Su anciana esposa, corría de forma torpe y renqueante hasta él clamando su nombre. De sus ojos mares de lágrimas se mezclaban con la sangre del bandido. Sus ojos... de esos ojos se había enamorado años atrás y por esos ojos merecía la pena morir.
Le pareció la visión más hermosa de todas cuantas había visto en su vida y decidió que ese, era un buen momento para no ver más y morir.
Categorías: Relatos
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